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Luis Palau

Embajadores de Cristo

Como seres humanos, por naturaleza tenemos una perspectiva egoísta de otras personas. Percibimos a los demás según la relación que tienen con nosotros. Por ejemplo, podemos ver a otros como fuentes de ingreso, de placer, de molestia o de lo que nos parezca apropiado en el momento.

Sin embargo, cuando vivimos para Cristo en vez de vivir para nosotros mismos, ganamos una perspectiva nueva y divina de quienes nos rodean. En nuestro corazón se produce un cambio (quizás imperceptible al comienzo) y nace el deseo de persuadir a otros a que sigan a Cristo. Nos damos cuenta de que detrás del maquillaje, detrás de la máscara, detrás de una actitud brusca, detrás de la eficiente ama de casa, el moderno ejecutivo y el estudiante, hallaremos a personas que necesitan a Cristo.

El apóstol Pablo describe cómo nuestras perspectivas cambian cuando comenzamos a vivir para el Señor:

«Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. En un tiempo, pensábamos de Cristo solo desde un punto de vista humano. ¡Qué tan diferente lo conocemos ahora! Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!» (2 Corintios 5:16-17 NTV)

Nuestra visión de Cristo cambia cuando comenzamos a vivir para él. Nuestra atención está menos en la dimensión humana y más en la dimensión divina y eterna. Nos damos cuenta de que Cristo ha hecho una gran diferencia en nuestra vida, y lo vemos no solo como nuestro Salvador sino también como la fuente de vida eterna.

Cuando vivimos para Cristo y adoptamos la perspectiva eterna de Dios, también comenzamos a ver a la gente en una luz distinta. Por ejemplo, si la manera de ser o de actuar de un compañero de trabajo nos molesta, ese fastidio desaparece cuando consideramos la necesidad de Dios de esa persona. Comenzamos entonces a preguntarnos: «¿Qué sucedería si Cristo tomara el control de su vida?».

A través de la perspectiva de Dios, empezamos a amar a esa persona y no porque tengamos una gran habilidad para amar sino porque Cristo en nosotros produce amor. Empezamos a preocuparnos por esa persona, y anhelamos que acepte el mensaje de Salvación en Jesucristo. Vemos en nuestra mente a la nueva criatura que Dios hará sin importar qué tan egoísta, materialista u odiosa sea esa persona en el presente.

Cuando vivimos para el Señor Jesús, también vemos a los cristianos desde la perspectiva de Dios. En vez de concentrarnos en su tal vez relativa inmadurez espiritual, recordamos lo que serían si Cristo no estuviera en su vida, y nos alegramos en las nuevas criaturas que Dios ha creado.

El milagro de la reconciliación

A veces quizás nos decimos que cierta persona es tan desagradable, ha hecho tanto mal a otros o ha sido tan obstinada en su rechazo de Dios, que aunque se convirtiera a Cristo nunca cambiaría. No es verdad. Cuando la sangre de Cristo nos hace nuevas criaturas, tenemos una nueva relación con Dios; somos reconciliados con él sin que importen nuestros pecados pasados. Pablo nos explica el significado de la reconciliación: «Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con él. Pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando más en cuenta el pecado de la gente. Y nos dio a nosotros este maravilloso mensaje de reconciliación» (2 Corintios 5:18-19 NTV)

Creo que el mensaje de reconciliación no se refiere solo a los perdidos sino también a la reconciliación entre creyentes. En el cuerpo de Cristo, hay fuerzas que luchan por la separación y la división. Es una bendición ser pacificadores (Santiago 3:18) y ser testigos de cómo los creyentes en Cristo se hacen uno en amor (Colosenses 2:2) sin que importen las barreras económicas, políticas, doctrinales y sociales que amenazan dividirlos (Gálatas 3:28).

Cuando estalló la guerra entre Argentina y Gran Bretaña en 1982, mi equipo y yo nos encontrábamos en Panamá, en un congreso con 300 líderes de toda América Latina. Cuando llegó la noticia, nadie sabía qué hacer ni qué decir. Sin embargo, dos jóvenes británicos que habían asistido al congreso presentaron a la delegación argentina un inmenso pergamino firmado por varios miles de jóvenes británicos. La inscripción decía: «Los amamos en Jesucristo. Somos uno en él. Estamos orando por ustedes». Y junto con el pergamino entregaron una ofrenda para los cristianos de Argentina. Eso es ministerio de reconciliación.

Una vez reconciliados, somos embajadores

Una vez que somos reconciliados con Dios, nos convertimos en sus embajadores. Representamos a Cristo en el mundo para que el mundo acepte la gracia de Dios y se reconcilie con él.

«Así que somos embajadores de Cristo; Dios hace su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando les rogamos: “¡Vuelvan a Dios!”. Pues Dios hizo que Cristo, quien nunca pecó, fuera la ofrenda por nuestro pecado, para que nosotros pudiéramos estar en una relación correcta con Dios por medio de Cristo. Como colaboradores de Dios, les suplicamos que no reciban ese maravilloso regalo de la bondad de Dios y luego no le den importancia» (2 Corintios 5:20-6:1 NTV).

¿Alguna vez ha visto a un embajador en acción? Recuerdo que cuando estuve en Gales, en el castillo de Cardiff, vi al embajador japonés que llegaba a un encuentro con oficiales británicos. ¡Qué espectáculo grandioso! Una banda tocaba instrumentos cerca de la entrada del castillo. Había estandartes y banderas que flameaban al viento. Una limosina negra se dirigió a la entrada, y cuando el embajador descendió del automóvil, tuvimos que hacernos a un lado. Los funcionarios de la ciudad, vestidos con sus trajes tradicionales, saludaron al embajador, le dieron la bienvenida y lo condujeron al castillo.

A un embajador se lo trata con respeto porque, a pesar de ser un extranjero en tierra extranjera, representa a su gobierno. En este pasaje Pablo afirma que cada creyente es un embajador de Cristo (2 Corintios 5:20). En vista de nuestro hogar eterno, somos extranjeros en este mundo. Pero Dios nos ha dado la responsabilidad de ser embajadores de su reino. No importa cuáles sean nuestros antecedentes, nuestro status o el lugar de influencia. Somos embajadores de Dios. Él nos ha dado poder y autoridad para que persuadamos a otros a que acepten a Cristo, y es como si Dios hiciera su llamado por medio de nosotros.

Como embajadores de Cristo, no hacemos lo que se nos viene en gana. No somos embajadores para servir a nuestro ego sino para servir a Dios quien habla por medio de nosotros; por ello debemos hablar con autoridad y dar a conocer su gloria. La gente no nos escuchará ni prestará mucha atención a lo que digamos si somos seres humanos comunes y corrientes. Sin embargo, cuando hablamos en el poder del Espíritu Santo, nuestras palabras están llenas de verdad y autoridad. Los inconversos podrán tratar de negar la validez de nuestro mensaje, pero en sus corazones saben que decimos la verdad.

Cada cristiano es un embajador de Jesucristo. Dios podría hablar a la gente en forma directa, pero por lo general lo hace a través de sus embajadores. No importa qué tan recientemente hayamos conocido a Cristo, tampoco importa qué pocas o tantas ganas tengamos de ser embajadores el hecho es que somos embajadores. Y es un privilegio tremendo representar al Rey de reyes en este mundo.

Ser ejemplo

Pablo declara: «Vivimos de tal manera que nadie tropezará a causa de nosotros, y nadie encontrará ninguna falta en nuestro ministerio» (2 Corintios 6:3 NTV).

Pablo se dio cuenta de que como ministro de la Buena Noticia –embajador— debía ser un ejemplo a otros. El apóstol no quería que sus acciones causaran tropiezos ni que dañaran el ministerio de Cristo.

Cuando yo era muchacho, hice cosas que creo fueron de tropiezo para algunos. Para impresionar a mis amigos adolescentes, mostraba indiferencia durante las reuniones en la iglesia, hablaba con aspereza, y hasta llegué a comprarme una pipa. No eran cosas terribles, pero mi testimonio entre mis compañeros se arruinó. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me sentí destrozado. Humillado delante de Dios, oré con las palabras del Salmo 69:6, pidiendo al Señor que ninguno de los que lo amaban tropezara por causa de mí. El Señor me perdonó y me dio paz en cuanto a mis errores pasados y los errores que seguramente habré de cometer en el futuro.

¿Exento de dificultades?

A pesar de la gran dignidad, el honor y el respeto que se muestra a los embajadores, la mayoría se enfrenta a luchas increíbles (Filipenses 1:29). No todo es reuniones sociales, discursos y recepciones. En una época cuando el terrorismo internacional está a la orden del día, algunos embajadores hasta son atacados, secuestrados y hechos rehenes.

Los embajadores del reino de Cristo también enfrentan luchas difíciles. A pesar de la posición de dignidad, Pablo nos advierte que enfrentaremos obstáculos y problemas.

«Vivimos de tal manera que nadie tropezará a causa de nosotros, y nadie encontrará ninguna falta en nuestro ministerio. En todo lo que hacemos, demostramos que somos verdaderos ministros de Dios. Con paciencia soportamos dificultades y privaciones y calamidades de toda índole. Fuimos golpeados, encarcelados, enfrentamos a turbas enfurecidas, trabajamos hasta quedar exhaustos, aguantamos noches sin dormir y pasamos hambre. Demostramos lo que somos por nuestra pureza, nuestro entendimiento, nuestra paciencia, nuestra bondad, por el Espíritu Santo que está dentro de nosotros y por nuestro amor sincero. Con fidelidad predicamos la verdad. El poder de Dios actúa en nosotros. Usamos las armas de la justicia con la mano derecha para atacar y con la izquierda para defender. Servimos a Dios, ya sea que la gente nos honre o nos desprecie, sea que nos calumnie o nos elogie. Somos sinceros, pero nos llaman impostores. Nos ignoran aun cuando somos bien conocidos. Vivimos al borde de la muerte, pero aún seguimos con vida. Nos han golpeado, pero no matado. Hay dolor en nuestro corazón, pero siempre tenemos alegría. Somos pobres, pero damos riquezas espirituales a otros. No poseemos nada, y sin embargo, lo tenemos todo» (2 Corintios 6:3-10 NTV). Esta es justamente la descripción que Pablo da mientras cumplía sus deberes de embajador.

Efectivamente, hay que pagar un alto precio para ser un embajador de Cristo, pero también hay mucho que ganar. Sufriremos, pero en comparación nuestras pérdidas serán superficiales y temporales (2 Corintios 4:17). Nuestra ganancia es: una nueva vida, el perdón de pecados, una herencia en los cielos y comunión con Dios en la tierra.

Los problemas de un embajador de Cristo no son como los problemas de los inconversos en el mundo. Nuestras dificultades no son producidas por pecado y egoísmo; son el resultado de vivir para Cristo y tener un propósito específico.

Los embajadores de Cristo deben aprender a soportar afrentas a fin de poder estar listos para futuros días de persecución (2 Timoteo 3:12). Durante tiempo de persecución no queremos actuar en nuestra propia fuerza sino en el Espíritu, para no hacer nada que deshonre el Evangelio de Cristo. Un cristiano que vive en el poder de la naturaleza pecaminosa en vez de vivir en el poder de Cristo, no se comporta dignamente sino que trae vergüenza al nombre del Señor. El apóstol Pablo quiere evitar eso a cualquier costo.

Pablo dice que «En todo lo que hacemos, demostramos que somos verdaderos ministros de Dios. Con paciencia soportamos dificultades y privaciones y calamidades de toda índole» (2 Corintios 6:4 NTV). Pablo mantuvo una actitud equilibrada en medio del sufrimiento. Tuvo paciencia y bondad hacia los que lo maltrataron, aunque la respuesta natural habría sido venganza. Pablo les mostró amor a los que lo atormentaron aunque no lo merecían. Si bien una mentira podría haberlo librado del sufrimiento, el apóstol siempre dijo la verdad. Todo embajador de Cristo tiene el poder del Espíritu Santo para tener la actitud que tenía Pablo en medio de tribulaciones.

Además, debemos recordar que el sufrimiento trae fruto. Juntamente con el dolor de la tribulación, un embajador del reino de Dios tiene la alegría de la presencia de Cristo en el corazón, una alegría que nadie le puede quitar. El gozo de Pablo en la tribulación (2 Corintios 12:10) era resultado de compartir los tesoros eternos en Cristo con los demás. Aunque le hubieran quitado todas sus posesiones materiales, aún habría tenido todo porque era un hijo de Dios, un embajador de Cristo. Cuando tenemos esa visión, nuestro sufrimiento vale la pena.

El amor puede no ser recíproco

Pablo era embajador de Cristo, y como tal no solo enfrentaba problemas y persecución de los paganos, sino que asimismo experimentaba falta de amor en la iglesia corintia. Por ello les escribe lo siguiente:

«¡Oh, queridos amigos corintios!, les hemos hablado con toda sinceridad y nuestro corazón está abierto a ustedes. No hay falta de amor de nuestra parte, pero ustedes nos han negado su amor. Les pido que respondan como si fueran mis propios hijos. ¡Ábrannos su corazón!» (2 Corintios 6:11-13 NTV)

Aunque los corintios atacaban a Pablo, él les respondió con amor, sin una pizca de amargura. Y como un padre les dice: «Podrán poner presiones sobre mí. Podrán acusarme. Podrán hacer lo que quieran. Pero nadie podrá disminuir mi amor por ustedes porque ustedes son mis hijos; yo los traje a Cristo».

Y continúa diciéndoles: «Denme un poco de amor ustedes también. Yo sé que están haciendo jueguitos de niños conmigo. Me sonríen cuando los visito, pero Tito me ha contado las cosas feas que dicen a mis espaldas. ¿Por qué no me abren el corazón y son sinceros conmigo? Necesito que me den amor».

Todo el mundo quiere ser amado y no simplemente por nuestro cónyuge, nuestros padres e hijos, sino también por nuestros hermanos en Cristo. Fuimos creados para tener comunión los unos con los otros. Debemos animarnos, alentarnos y amarnos en forma recíproca (Juan 15:9-11). Esta es la clase de amor que Pablo pide de los corintios.

No nos engañemos. Nos necesitamos mutuamente (Romanos 12:10). Aunque algunos estemos pasando por épocas maravillosas de nuestra vida, otros hermanos y hermanas pueden estar experimentando tiempos de conflicto. Es cuando necesitan nuestra ayuda. Para eso fue creado el cuerpo de Cristo.

Los miembros del cuerpo de Cristo debemos ayudarnos los unos a los otros, amarnos los unos a los otros (1 Tesalonicenses 4:9), defendernos los unos a los otros (Eclesiastés 4:9-12), orar unos por otros (Santiago 5:16), llorar con los que lloran y alegrarnos con los que ríen (Romanos 12:15). Tal como dice Pablo, debemos tener corazones abiertos y sinceros, llenos del amor de Cristo (2 Corintios 6:11-13). Esa es otra de nuestras misiones como embajadores.

Ser embajador de Cristo es un gozo para el cristiano; es una bendición celestial. En mi Biblia tengo escritos unos versos que cierta vez me recitó Corrie ten Boom, esa heroína de la fe y maravillosa embajadora del Señor Jesús:

Cuando llegue a esa hermosa ciudad

y vea a los santos en Cristo Jesús,

espero que alguien me diga:

«Quien me habló del Señor fuiste tú».

Este artículo es un extracto del libro A CARA DESCUBIERTA, publicado por Editorial Unilit. Copyright © 1989, 1991 por Luis Palau. Usado con permiso.

Luis Palau